domingo, 25 de julio de 2010

EL SÉPTIMO ARTE Y MEDIO (TOY STORY 3)

Una historia potente y prodigiosa llevada con ritmo y confianza hasta el final. No todos los juguetes son iguales. No todos los niños son iguales. Los buenos existen. Los malos también. Y el gancho... Me ha dejado turulato. Que viene a ser lo mismo que pensando pero con la boca abierta y los ojos locos... Si soy capaz de volver a jugar como cuando pequeño, capaz de recuperar ese puntito mágico con las palabras y los animales y las cosas y la gente, es probable que escriba algo con sentido, adulto o no. Lo otro es cultura, cosmética, complejos y truco. Creo que era Mao Tsé Tung el que decía aquello de "¿Libertad? ¿Libertad para qué?". Pues para esto, colega. Dame un cacho de papel y un lápiz, y te lo explico. Ah, pero primero tienes que verte Toy Story 3. Te rilas por el comunismo abajo, chaval. Empujar a tanto personaje fundamental hasta una solución final tan maravillosa sin que se vea un puto hilo. Reverencia y un respetazo a los tíos de Pixar. Éstos no hacen animación. Esta gente te da la vida. El séptimo arte y medio. Toy Story 3. Lo de arriba es un bocetillo de una de las niñas que salen, Bonnie.

1 comentario:

  1. Cuando empezamos a ver la película, los primeros diez minutos, me paso por la mente (mientras le daba el bocadillo a Teresa, le pasaba la botella de agua a Jesús, ponía el paquete de palomitas a equidistancia de las dos criaturas…) decirte que eras un sensible. Pero, Jesús y Teresa fueron serenándose, amansándose, metiéndose embobados en la película. Tere y yo también. Hubo varios momentos en que se me formo un tenue nudo en la garganta. Tere disfrutaba más que los niños con los mil detalles tiernos de la película. Pero, bueno, a lo que iba, al final de la película se me saltaron las lágrimas (aun refrenadas). Se encendieron las luces. Tome a Jesús de la mano. Tere tomo a Teresa y hasta llegar al coche no comente nada, el nudo de mi garganta no se iba.

    “Estos son mis juguetes, busco a alguien especial que cuide de ellos”.

    Un abrazo, Lowon.
    Lo mismo le he puesto a Daniel

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