martes, 20 de noviembre de 2012

¡ENHORABUENA, DON FERNANDO!


El domingo pasado acabó la temporada de otoño en el hipódromo de La Zarzuela. Carreras espléndidas llenas de sorpresas con sus consecuentes -y fastuosos- premios. Por un eurillo podías acertar a que la yegua Azafata iba a batir a todos los favoritos y, si atinabas a colocar a Ranyan segundo y a Teobaldo tercero, te llevabas 11.500 euros en el premio al trío del Villamejor. En la tercera de la jornada también podías haber acertado que Lince llegaría segundo y Altamir One tercero (yo lo hice), pero sólo si dabas ganador a Don Fernando Hab te llevabas los 2.500 del premio al trío. Yo di ganador a Rayo Rojo, que me parece que todavía debe de andar pastando por la curva de las Perdices... En el premio Gladiateur (4.000 metros de pesadilla) el viejo Entre Copas, que aún iba de favorito, fue batido por esa centella con fondo que es Achtung... Y en la primera de debutantes (potros de dos años), una de las gemelas que más caras se han pagado en la historia del hipódromo: 1º Minolto, 2º Haitiano. 390 euros. Ese milagro terrenal. La mezcla de belleza y nobleza de los caballos con la suciedad de las apuestas, los apaños entre cuadras, los piques entre jockeys o las fórmulas mágicas que emplean algunos preparadores en la bandeja de desayuno que llevan a los establos. Recuerdo mis primeros titubeos con el mundo de las carreras, aquellas confusas lecturas con Henry Miller o Bukowski. ¿De qué hostias estaban hablando? ¿Era tan apasionante una tarde de carreras? ¿Todas las tardes? ¿Podía arreglarte económicamente un mes si notabas cierto cabrioleo del caballo en el paddock? ¿Un guiño a hurtadillas de un jockey? Pues sí. Y no siempre. Pero ahí hay cierta forma de la felicidad que va más allá del juego o del dinero. Es la vida hecha velocidad, riesgo, intuición, agresividad, poesía, y la sensación desbordante de asistir a un espectáculo majestuoso e irrepetible carrera tras carrera, con caballos tallados en bronce o con brutos escapados de una carga militar y de los que no te crees que sean exclusivamente herbívoros... En ese goce y en esa aventura de bajos fondos con megafonía de la Edad Media nos reconocemos los domingos en el hipódromo un montón de tipos... Pero jamás hemos cruzado una palabra de más entre nosotros. Todo lo más algún insulto, algún exabrupto que el otro consiente y comprende y deja pasar. Nunca lo hemos hecho y no creo que cambie la cosa. Ellos, solitarios como perros, y yo con mi chica, comiendo pipas en alguna valla. Mascamos las pérdidas, nos tragamos los pronósticos y de tarde en tarde jaleamos como estúpidos el nombre de nuestro caballo como si fuera a hacernos un poquito de caso en la recta de meta... Con todos esos tipos, como digo, menos con uno. Don Fernando Savater, el filósofo, el ensayista, el novelista, azote de independentistas y gilipollas, pero sobre todo amante de los caballos. Y fueron sólo diez segundos de romper la regla. Un domingo nos firmó amablemente su libro "El Juego de los Caballos", le dimos las gracias, y desde entonces hasta ahora, cada uno a lo suyo, viéndole ir y venir de su sitio en tribuna al paddock o a las taquillas (siempre un euro y a caballo ganador, parece) y aclarándose la vista contra el cielo antes de enfocar sus prismáticos a los cajones. Cualquiera puede sentarse en "su sitio", pero parece que siempre lo encuentra libre. Cualquiera puede abordarle como lo hicimos nosotros (ay, la emoción), pero parece que nadie le molesta. En el hipódromo se respetan ciertas leyes no escritas, y no estoy en disposición de ponerlas en entredicho: todavía no he cumplido los ochenta años rompiendo apuestas. Por eso el retrato y por eso esta entrada de hoy en el blog, porque el domingo pasado estuve tentado de gritarle un "¡Enhorabuena, don Fernando!" por el premio que acababan de concederle, el Octavio Paz de Poesía y Ensayo, y porque fue él quien me enseñó el camino de Lovecraft o Cioran cuando era un pipiolo... Y no lo hice. Y el hombre siguió subiendo su escalerita a saltitos de miope con una mano sobre la chaqueta que lo precede en la escalada, la de su hermano. Y todo estuvo bien. Hasta no haber ganado un puto euro y haber roto más papel que el taquillero del Rocío. Homenaje bueno el que le hace mi amigo Montano aquí.

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